viernes, 25 de diciembre de 2009

SERVICIO A LA CARTA

Por: Antero Duks

Enero de 1991

 

¿Qué te gustaría comer?  --me preguntó mi amigo, desplegando una enorme minuta que parecía el Tratado de Paz de Westfalia.

 

--Lo dejo a tu elección, le repuse, tú eres cliente antiguo de este restaurante, y como tal, puedes recomendar sus especialidades.

 

Visiblemente complacido, mi amigo recorrió el "menú" con mirada de águila.

 

--Muy bien.  Entonces voy a sugerirte que pruebes los lugares comunes que han dado fama a esta casa desde hace más de medio siglo.

 

--¿Los lugares comunes?, pregunté un poco extrañado.

 

--Si señor.  También se les conoce como "frases hechas" o "platillos trillados".  Los extranjerizantes, los llamados "clichés".  Además de servirles a diario en los grandes y pequeños rotativos, son de consumo frecuente entre las personas de imaginación endeble y vocabulario limitado.  Bien puede decirse que en la actualidad constituyen el pan nuestro de cada día.  ¿Ves? Sin quererlo, ya solté uno.

 

--Bueno, no se hable más, empieza a sugerir platos de lugares comunes.

 

--En el orden acostumbrado, como invariablemente se pone el pie en las fotografías de prensa, ordenó mi amigo al mesero, tráiganos usted unas bicocas como aperitivo.

 

--¿Qué son bicocas?, volví a preguntar.

 

--Entremeses, bocadillos de poca monta, que sólo sirven para abrir boca.  Además, son baratísimas.  ¿No has oído decir que tal o cual cosa vale una bicoca.

 

--Si, pero en realidad nunca las había visto.

 

--Pues ahora vas a paladearlas.  Después tomaremos una sopa de su propio chocolate.  Aquí la hacen riquísima.

 

--¿Con las bicocas desean ustedes una copita de cargo oficial?, inquirió el mesero.

 

--No, porque se nos suben a la cabeza y después ya no hay quien nos aguante.  Mejor tráiganos la sopa hirviendo, para que nosotros le bajemos los humos....

 

--¿Con sal y pimienta?

 

--No.  Con polvo de aquellos lodos.

 

--Perfectamente, anotó el mesero.  ¿Qué más?

 

--Después, continuó mi amigo, queremos un huevo.

 

--¿De Colón?

 

--Algo que cueste menos.

 

--Muy bien.

 

-          De plato fuerte –se frotó las manos mi amigo--. Vamos a ver: hay olla de grillos, chivo expiatorio, paloma de la paz, becerro de oro, lengua viperina, caballito de batalla, camarón que se duerme, tiburón de finanzas, golondrinas que no hacen verano, cerdo capitalista, león en salsa picante....

 

El mesero se inclinó y le dijo, en tono confidencial, a mi amigo.

 

--  Sólo que le advierto que no está tan fiero como lo pintan.

 

-- ¡Ah! En tal caso podríamos comer algo más ajustado a la realidad.  ¿Qué es este "lugar inopinado"?

 

--  Es el sitio que menos se espera.

 

--  ¡Ah, claro!  Donde salta la liebre.  Sin embargo le tengo un poco de desconfianza, pues a veces me han dado gato por ídem.

 

--  Cierto, señor.  Pero recuerde usted que ha sido gato encerrado.  Lo más sabroso de este guiso son los tres pies—Si, pero hay que buscárselos y nosotros tenemos un poco de prisa.  Mejor tráiganos un plato de buey solo.

 

--¿Del que bien se lame?, pregunté yo, para aportar mi granito de arena al condumio.

 

--Exactamente, sonrió mi amigo.

 

--¿Y de postre?, Inquirió el mesero.

 

--Lágrimas de cocodrilo.

 

--Muy bien.  ¿Fruta?

 

---Pídale una peras al olmo.

 

--¿Y de beber?

 

--Una botella de "In vino veritas".

 

--Perfectamente.  ¿Pagarán los señores en efectivo o con tarjetas de crédito?

 

--No Pepe.  Para corresponder al "menú", pagaremos con creces.

 

El mesero hizo una reverencia y se marchó con viento fresco.

 

 

 «La humildad es el altar sobre el cual quiere Dios que se le ofrezcan los sacrificios»

 



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Sobre laicidad y laicismo

Por: Querien Vangal

Marzo / 2009

 

Avanza el consenso de diferenciar laicidad y laicismo. Laicidad es respetar las diferentes opciones de fe, en un marco jurídico de libertad religiosa para todos; es que el Estado ni imponga una religión a los ciudadanos, ni la obstruya. Laicismo es el rechazo a todo lo ligado a una concepción creyente; es pretender que ni Dios ni las Iglesias tengan cabida en la vida pública; es eliminar todo rastro religioso en las leyes y en las instituciones.

Con motivo de la reciente visita del Papa Benedicto XVI a Francia, es clarificador lo dicho por éste y por el Presidente de ese país.

Nicolás Sarkozy, en un discurso que pronunció en Roma en diciembre pasado, dijo: "Ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar una religión y libertad de cambiar, libertad de no ser herido en su conciencia por prácticas ostensibles, libertad para los padres de dar a los hijos una educación conforme a sus creencias, libertad de no ser discriminado por la administración en función de su creencia. La laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad. La laicidad no debería ser la negación del pasado. No tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido. Una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia comete un crimen contra su cultura, contra el conjunto de su historia, de patrimonio, de arte y de tradiciones populares que impregna tan profunda manera de vivir y pensar. Arrancar la raíz es perder el sentido, es debilitar el cimiento de la identidad nacional, y secar aún más las relaciones sociales que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria. Tenemos que asumir las raíces cristianas de Francia, es más valorarlas, defendiendo la laicidad finalmente llegada a madurez. Hago un llamamiento a una laicidad positiva, es decir, una laicidad que velando por la libertad de pensamiento, de creer o no creer, no considera las religiones como un peligro, sino como una ventaja".

Respondiendo a una pregunta de los periodistas durante el vuelo Roma-París, el Papa dijo: "Me parece evidente que la laicidad no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, pues la fe cristiana era, desde el inicio, una religión universal, por tanto, no se identificaba con un Estado y estaba presente en todos los Estados".

En París, agregó: "En torno a las relaciones entre campo político y campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios'. La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente. Usted, Señor Presidente, utilizó la expresión 'laicidad positiva' para designar esta comprensión más abierta. En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria. En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad".

Los gobiernos y las sociedades tienen el poder la acción.

 

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Morir sin dolor

 

Por: Querien Vangal

Marzo / 2009

  

Queda claro que el dolor es el enemigo de la medicina, y que un médico debe hacer lo que esté a su alcance para aliviar la agonía del enfermo terminal. Sin embargo, ¿esto justifica la eutanasia?, y si no, ¿qué otras soluciones hay para aliviar su sufrimiento?

¿Hay que darle al enfermo tratamiento aunque ya no tenga caso?, ¿dejarlo morir en dolor? ¿Qué papel debe tomar la ciencia médica: acelerar la muerte, darle tratamiento sin sentido u ofrecer cuidados paliativos?

Para dar respuesta a estas interrogantes, en una entrevista por demás interesante, los médicos Carlos Fernández del Castillo, director del Centro Mexicano de Ginecología y Obstetricia; María de la Luz Casas, Jefa del departamento de Bioética en la Universidad Panamericana; y Guillermo Cantú, profesor en dicha institución académica, aclararon la diferencia entre eutanasia, ensañamiento terapéutico y cuidados paliativos. ¿Dónde termina uno y dónde empieza otro?

LA MUERTE PROVOCADA

La eutanasia, por sus raíces en griego, significa morir sin sufrimiento. En este sentido, según el doctor Fernández del Castillo, si nos apegamos a su estricto significado etimológico, se podría afirmar que una persona que muere mientras duerme, sin dolor, muere en eutanasia.

No obstante, de acuerdo con la doctora María de La Luz Casas, la eutanasia se define actualmente como la acción de provocar, de forma activa o pasiva, la muerte de una persona para evitar su sufrimiento.

Tomando esto en consideración, según Fernández del Castillo, la eutanasia activa ocurre cuando se le proporciona al enfermo algún veneno u otro fármaco para ocasionar o acelerar su muerte.

Por otro lado, la eutanasia pasiva consiste en "no hacer nada cuando todavía se puede hacer algo por el enfermo", a fin de poner término a su vida. No obstante, no todo descuido o falta de tratamiento se puede considerar eutanasia.

La clave de la eutanasia reside en la intención: el deseo de poner fin a la vida del enfermo para evitar la agonía. De acuerdo con la doctora Casas, si éste es el propósito del médico, del encargado del paciente o del enfermo mismo, entonces se trata de eutanasia.

Por otro lado, si el enfermo muere por simple falta de cuidados o de tratamiento, sin una clara intención por parte del médico de provocar su muerte, entonces se trata de otro tipo de delito o falta médica.

"Si tuvo intención de matarlo será eutanasia, si no, será mala práctica con el delito de abandono del paciente", afirmó.

En este sentido, para evitar caer en el abandono o en la eutanasia, ¿es necesario darle tratamiento continuo a un enfermo, aún cuando ya no tenga caso? ¿Qué tipo de tratamientos hay que darle?

ENSAÑAMIENTO TERAPÉUTICO, TRATAMIENTO SIN SENTIDO

El pasado martes 25 de noviembre, el Senado aprobó la ley de "muerte digna", en la cual se establece que un enfermo terminal puede elegir finalizar sus tratamientos extraordinarios,  abandonar las instalaciones médicas, y dar paso a una terapia del dolor o de cuidados paliativos, a fin de morir con dignidad. Este dictamen tiene como objetivo evitar lo que se conoce como ensañamiento terapéutico.

De acuerdo con el doctor Guillermo Cantú, el desarrollo de la tecnología en la ciencia médica puede resultar muchas veces en una deshumanización de la medicina: muchos enfermos terminales son sujetos a un exceso de procedimientos, a veces experimentales, que no les permite vivir el tiempo que les queda en paz y en compañía de sus familiares.

Según el especialista, el ensañamiento terapéutico ocurre cuando el médico, en afán de lucro o en busca de más conocimiento, somete al enfermo terminal a tratamientos extraordinarios desproporcionados sin su consentimiento, los cuales no cambiarán ni mejorarán su estado.

Para comprender este concepto es necesario diferenciar medios ordinarios y extraordinarios. Existen cuidados mínimos a los cuales tiene derecho un paciente, y se conocen como cuidados ordinarios. Estos están encaminados a proveerle un bienestar general que le permita sobrellevar su enfermedad.

Según el doctor Fernández del Castillo, el tratamiento ordinario comprende: hidratación, alimentación, higiene, atención, cuidados paliativos, ropa y cuidados que eviten el ruido. A estos, la doctora Casas añadió el control de la temperatura y la cobertura con antibiótico de amplio espectro.

Ambos especialistas afirmaron que los medios ordinarios, por ley, no se le pueden negar a ningún enfermo. En caso de que se le supriman con una intención de provocar su muerte, se estaría incurriendo en eutanasia pasiva. Si se le niegan por simple descuido, los médicos cometerían una falta por abandono del paciente.

Por su parte, el doctor Guillermo Cantú afirmó que los tratamientos extraordinarios son aquellos que comprenden elementos artificiales como ventiladores y demás aparatos, de los cuales los pacientes dependen permanentemente para realizar procesos fisiológicos, como respirar.

Los medios extraordinarios, según Fernández del Castillo, también engloban a los tratamientos económicamente inviables para la familia del enfermo, así como traslados innecesarios. Un exceso de ellos trae como consecuencia el ensañamiento terapéutico.

En varios medios de comunicación se afirmó que con la ley de "muerte digna", el Congreso había aprobado la eutanasia pasiva, al equipararla con los cuidados paliativos o tratamientos para aliviar el dolor. No obstante, según el doctor Guillermo Cantú esta equiparación es incorrecta, pues no son lo mismo.

Los cuidados paliativos o de manejo del dolor son parte de los medios ordinarios a los cuales tiene derecho cualquier paciente. En este sentido, la ley recientemente aprobada está encaminada a la suspensión de tratamientos extraordinarios, no de los ordinarios.

La "muerte digna" de la que se habla en este proyecto de ley, le da la opción al paciente de elegir quedarse con los cuidados mínimos, así como con una terapia paliativa. No pretende provocar la muerte del enfermo y, por lo tanto, no es eutanasia.

"La ley que acaban de aprobar el Senado no tiene ese sentido (de eutanasia), y es de felicitarse", afirmó Cantú.

EL ALIVIO Y CONSOLACIÓN, DEBERES DE UN MÉDICO

Si la muerte digna no es sinónimo de eutanasia o de tratamientos desproporcionados, entonces, ¿qué se debe hacer con un enfermo terminal para permitirle morir dignamente?

El doctor Fernández del Castillo afirmó que es necesario apegarse a lo que la ciencia bioética dice al respecto: dar tratamientos ordinarios y cuidados paliativos, y someterlo sólo a aquellos procedimientos que garanticen un resultado en la mejora del paciente.

Asimismo afirmó que el médico también tiene el deber, no sólo de aliviar el sufrimiento, sino de consolar al paciente, de evitar la soledad.

Al respecto, el doctor Cantú afirmó que el  problema no es el dolor, pues este tiene un sentido. El verdadero conflicto es la indiferencia y la falta de cuidado a un enfermo.

"No pienso que la eutanasia sea la solución, lo que están reclamando los pacientes es atención", concluyó.

 

 

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Dudas políticas importantes

Por: Querien Vangal

Junio / 2009

 

El político italiano Marcello Pera, presentó hace unos días en el Palazzo Wedekind de Roma, su último libro en el que se pregunta "por qué debemos llamarnos cristianos", un evento al que acudieron más de trescientas personas.

 

Marcello Pera escribe en la introducción de su libro: "Mi posición es la del laico y liberal que acude al cristianismo para pedirle las razones de la esperanza". El Papa Benedicto XVI, en una carta dirigida al autor, aseguró que el libro es "de importancia fundamental en este momento de Europa y del mundo".

 

Pera fue presidente del senado italiano entre los años 2001 y 2006. Ha escrito varios libros, entre ellos una aproximación al pensamiento de Popper o un ensayo sobre el método inductivo en Kant y Hume-. En el año 2004 publicó el libro "Sin raíces", con la colaboración del entonces cardenal Joseph Ratzinger. En este se analizaban algunos de los males que más aquejan a Europa.

 

El autor subrayó que su nueva publicación "no es polémica sino crítica", y aseguró que "si la identidad europea no tiene una connotación precisa, se convierte en una suma multicultural distinta".

 

"Es la raíz cristiana de Europa la que puede unir estos elementos", añadió.

 

Varios eventos ocurridos de la historia reciente, confesó Pera, son los que lo han llevado a estas conclusiones: "El fundamentalismo, el 11 de septiembre, los problemas de integración, los problemas de la ética publica o de la bioética". Problemas que llevan a que el hombre "se pregunte por su existencia, por su existencia, por el sentido de su vida".

 

Para el ex presidente del Senado, es necesario "ponerse el problema de quienes somos, en qué creemos, cuál es nuestra identidad", de lo contrario "no sabremos cómo afrontar estos problemas, no sabremos siquiera qué enseñar".

 

El autor se refirió a un encuentro reciente que tuvo con el Papa Benedicto XVI. Pera aseguró que el Papa no le preguntó si creía en Dios pero que en cambio le preguntó: "¿cómo justificas tú laico, tú liberal, tú europeo occidental los principios y los valores que consideras fundamentales? ¿Cómo estás dispuesto a justificarlos y a confrontarlos con los otros?"

 

Según el autor, el Papa le preguntó "cuál es el terreno sobre el cual creyentes y laicos pueden encontrarse para salvaguardar estos principios y valores sin los cuales están de acuerdo en que no existiría la civilización occidental".

 

Pera señaló que el concepto de persona "creada a imagen de Dios" que tiene el cristianismo "no lo tienen otras culturas", y aseguró que este existe "antes de que intervenga el Estado, antes de que la política nos garantice que los derechos sean los derechos naturales fundamentales".

 

"Si se prescinde de estos principios cristianos habremos eliminado nuestro legado constitucional", afirmó, y añadió que "lamentablemente el liberalismo ha perdido su esencia al convertirse una 'ética del supermercado'".

 

También señaló que Europa "ha querido desterrar a Dios de tal manera que la promesa de un candidato es decir Yo soy laico" mientras que en Estados Unidos "la promesa de un candidato es decir Yo soy creyente".

 

Por último afirmó que en un continente de tanta diversidad cultural, como es Europa, es
necesario encontrar un patrimonio común que diga "Esta es Europa".

 

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jueves, 24 de diciembre de 2009

¿Quieres ser un Gandhi o un Hitler?

 

Por: Querien  Vangal

Marzo / 2009

                                                                                  

El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se basa en la dignidad de la persona humana. A 60 años de aquel acontecimiento histórico se proponen algunas reflexiones, esperando puedan ser compartidas tanto por los creyentes en cualquier religión, como también por quienes se autodefinen como no creyentes, agnósticos o ateos.

Las dos guerras mundiales y los totalitarismos del siglo XX acercaron a católicos y protestantes, junto con liberales y socialdemócratas, en diálogo también con otras corrientes ideológicas y religiosas; disminuyeron los enfrentamientos entre ellos y aumentaron las redes de cooperación en la reconstrucción democrática y la reafirmación de los derechos humanos.

La democracia, lo menos malo

Se puede afirmar que hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de los países del planeta tienen gobiernos democráticamente elegidos. Se calcula que 118 de los 193 países del mundo actual (o sea el 61 por ciento) tienen regímenes democráticos –aunque con muchas variantes y límites–, que han aumentado significativamente en los últimos 20 años.

Es famoso el dicho de que la democracia, fundada en los derechos y libertades humanas, es el menos malo de los regímenes políticos conocidos. Esto parece indudable después de un siglo de ideologías y sistemas totalitarios, de guerras mundiales, del holocausto, de campos de concentración, de políticas genocidas. También parece indudable en América Latina, después de un muy sufrido legado de persecuciones liberticidas, tiranías represivas, "guerras sucias", prácticas de torturas y "desapariciones"; violencias guerrilleras, métodos terroristas, situaciones generalizadas de conculcación de derechos humanos.

Sin embargo, también son conocidas las fragilidades y corrupciones de las democracias, cuyos valores, normas e instituciones hay siempre que custodiar y perfeccionar. Guzmán Carriquiry afirma que, en la actualidad, es posible constatar que los procesos de democratización tienen una especial fuerza de arraigo y de re-emergencia en ámbitos de sustrato cultural judeocristiano-cristiano, mientras que encuentran graves dificultades en otros ámbitos religiosos e ideológicos.

El 26 de agosto de 2008 el Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos de la Santa Sede, el uruguayo Guzmán Carriquiry, recibió el título de Doctor Honoris Causa de parte de la Universidad FASTA (Fraternidad Agrupaciones Santo Tomás de Aquino) de Mar del Plata (Argentina). Su significativo discurso se tituló: A 60 años de la Declaración de los Derechos del Hombre. La cuestión de los fundamentos: entre la tradición jusnaturalista y el relativismo cultural; se puede consultar en su totalidad en la revista virtual Fe y Razón, octubre 2008, http://www.feyrazon.org/Revista/FeyRazon27.htm

La igualdad de dignidad básica común

En primer lugar, es necesario acordar, como punto de partida esencial, la existencia de una igualdad de dignidad básica común a todos los seres humanos. Esto significa aceptar que no hay personas de "primera clase" y de "segunda clase": el rico no es más persona que el pobre, el sano no es más persona que el enfermo, el blanco no es más persona que el negro, etcétera. Cada persona concreta, por el sólo hecho de serlo, posee una "base" de dignidad que es la misma para cualquier ser humano. Por eso cada uno merece ser respetado por el hecho de ser persona.

Sobre esa "base" común, algunos llegan a crecer enormemente en dignidad. Es fácil reconocer, por ejemplo, en una Madre Teresa, o en un Mahatma Gandhi, un alto nivel de dignidad, que fueron generando en su vida a través de sus acciones concretas a favor de los demás. Por eso se han convertido en "modelos" para toda la humanidad..

Sin embargo, parecería que otros han quedado sólo en la "base" de dignidad. Pensemos por ejemplo en Hitler. Sus acciones concretas en contra de de otras personas muestran que él no creció en dignidad humana. Incluso alguien podría calificarlo de "infra-humano". Pero en realidad era una persona y, como tal, también tenía una dignidad humana "básica".

Entre ambos extremos nos podemos ubicar nosotros. Cada uno tiene la posibilidad de crecer hasta horizontes insospechados (como la Madre Teresa o Gandhi), pero cada uno tiene también la posibilidad de disminuir en dignidad hasta horizontes insospechados (como Hitler). Todo depende de cómo vivamos y de las acciones que realicemos con respecto a los demás. Pero ninguna persona puede ubicarse "por debajo" del nivel de dignidad básica común.

La fuente de esa igualdad

El segundo paso de nuestra reflexión consiste en preguntarnos: ¿De dónde proviene esa igualdad de dignidad básica común entre todos los hombres de todos los tiempos y lugares? ¿Cuál es su fuente, su origen? Se puede responder:

1.                   Es evidente que no puede provenir de un ser de inferior rango que el ser humano, como una piedra, un árbol o un animal.

2.                   Tampoco puede provenir de un ser humano concreto, porque cualquier ser humano está limitado por las coordenadas espacio-temporales: vive en un espacio determinado y durante un número determinado de años.

3.                   Entonces se puede plantear, al menos como hipótesis, la existencia de un ser Absoluto Radical, por fuera de las coordenadas espacio-temporales, "sobrenatural", que pudiera haber creado a todas y cada una de las personas de todos los tiempos y de todos los lugares del planeta. Obviamente, el que es creyente de inmediato pensará que ese Absoluto Radical es el "Dios" de su religión. Pero interesa especialmente destacar que aún el no creyente, el agnóstico o el ateo, que posea una mente desprejuiciada, puede llegar a aceptar al menos la "hipótesis" de la existencia de ese Absoluto Radical, dándole cada uno el nombre que quiera. Dicho de otra manera, cualquier persona puede llegar a aceptar que "si existiera ese Absoluto Radical", entonces sería como un punto de referencia externo a la humanidad, y permitiría explicar la igualdad de dignidad básica común entre todos los seres humanos de todos los tiempos.

Desde esta perspectiva, se podría dar aun un paso más: Yo tengo que respetar la dignidad de cualquier persona humana. Al respetar la dignidad de esa persona concreta estoy respetando la dignidad de aquel Absoluto Radical que hace que esa persona tenga "básicamente" la misma dignidad que yo.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se nota la influencia cristiana en conceptos básicos como "la dignidad innata" de la persona humana, cuando se afirma que está "dotada de razón y conciencia", cuando se afirma la igualdad de los hombres basada en esa común dignidad. Se reconoce cuando se habla de "derechos imprescriptibles", cuando se reconocen no sólo los derechos individuales, sino también los derechos sociales de cuerpos intermedios como la familia, considerada "base fundamental" de la sociedad y en el que los padres tienen el derecho primario de poder elegir la educación de sus hijos, así como cuando se reconoce el derecho al trabajo y a una justa remuneración (ver: http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm).

 

«Por mi patria hablará la razón de la justicia»
 



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Un regalo para el Recién Nacido


Por: Querien Vangal

Abril / 2009

 

Ya, felizmente, ha llegado esta fecha venturosa de Navidad. Todos guardamos en nuestra alma recuerdos entrañables de las fiestas navideñas: bellos recuerdos de nuestra infancia, y también de nuestra edad juvenil y adulta. Y es que, en este día todos nos hacemos un poco como niños.. Y está muy bien que sea así, porque nuestro Señor prometió el Reino de los cielos a los que son como niños. Más aún, desde que Dios se hizo niño, ya nadie puede avergonzarse de ser uno de ellos.

¡Tantas cosas podrían decirse en un día como éstos! Pero no voy a escribir un tratado de teología. Me voy a limitar, amigo lector, a contarte una sencilla y bella historia. Espero que te guste.

Se cuenta que el año 1994 dos americanos fueron invitados por el Departamento de Educación de Rusia –curiosamente—, para enseñar moral en algunas escuelas públicas, basada en principios bíblicos. Debían enseñar en prisiones, negocios, en el departamento de bomberos y en un gran orfanato. En el orfanato vivían casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados por sus padres y dejados en manos del Estado. Y fue en este lugar en donde sucedió este hecho.

Era 25 de diciembre. Los educadores comenzaron a contarles a los niños la historia de la primera Navidad. Les hablaron acerca de María y de José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas y, obligados por las circunstancias, tuvieron que irse a un establo a las afueras de Belén. Y fue allí, en una cueva pobre, maloliente y sucia, en donde nació Dios, el Niño Jesús. Y allí fue recostado en un pesebre.

Mientras los chicos del orfanato escuchaban aquella historia, contenían el aliento, y no salían de su asombro. Era la primera vez que oían algo semejante en su vida. Al concluir la narración, los educadores les dieron a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada niño se le dio un cuadrito de papel amarillo, cortado de unas servilletas, para que asemejaran a unas pajas. Luego, unos trocitos de franela para hacerle la manta al bebé. Y, finalmente, de un fieltro marrón, cortaron la figura de un bebé.

De pronto, uno de ellos fijó la vista en un niño que, al parecer, ya había terminado su trabajo. Se llamaba Mishna. Tenía unos ojos muy vivos y estaría alrededor de los seis años de edad. Cuando el educador miró el pesebre, quedó sorprendido al ver no un niño dentro de él, sino dos. Maravillado, llamó enseguida al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre. Mishna cruzó sus brazos y, observando la escena del pesebre, comenzó a repetir la historia muy seriamente. Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez, estaba muy bien, hasta que llegó al punto culminante. Allí Mishna empezó a inventar su propio relato, y dijo: –"Y cuando María puso al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá, y que no tenía ningún lugar adonde ir. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía, porque no tenía ningún regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús. Y por eso pensé qué podía regalarle yo al Niño. Se me ocurrió que tal vez como regalo yo podría darle un poco de calor. Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ése sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo que sí, que ése sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre. Y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre".

Cuando el pequeño Misha terminó su relato, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas y empapaban sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!

Esta conmovedora historia, ¡tiene tanto que enseñarnos! Este niño había comprendido que lo esencial de la Navidad no son los regalos materiales, ni el pavo, ni el champagne, ni las luces y tantas otras cosas buenas y legítimas. Lo verdaderamente importante es nuestro corazón. Y querer estar para siempre al lado de Jesús a través de nuestro amor, de nuestra fe, del regalo de nuestro ser entero a Él.

Dios nace hoy en un establo, no en un palacio. Nace en la pobreza y en la humildad, no en medio de lujos, de poderes y de riquezas. Sólo así podía estar a nuestro nivel: al nivel de los pobres, de los débiles y de los desheredados.

Sólo si nosotros somos pequeños y pobres de espíritu podremos acercarnos a Él, como lo hicieron los pastores en aquella bendita noche de su nacimiento. Los soberbios, los prepotentes y los ricos de este mundo, los que creen que todo lo pueden y que no necesitan de nada ni de nadie –como el rey Herodes, los sabios doctores de Israel y también los poderosos de nuestro tiempo— tal vez nunca llegarán a postrarse ante el Niño en el pobre portal de Belén.

Ojalá nosotros también nos hagamos hoy como niños, como Mishna, como los pobres pastores del Evangelio, para poder estar siempre con Jesús.

Sólo los humildes pueden ir a Belén y arrodillarse ante la maravilla infinita y el misterio insondable de un Dios hecho Niño y acostado en un pesebre. Sólo la contemplación extasiada y llena de fe y de amor es capaz de penetrar –o, mejor dicho, de vislumbrar un poquito al menos— la grandeza inefable de la Navidad. ¡El Dios eterno, infinito, omnipotente e inmortal, convertido en un Niño recién nacido, pequeñito, impotente, humilde, incapaz de valerse por sí mismo! ¿Por qué? Por amor a ti y a mí.

Para redimirnos del pecado, para salvarnos de la muerte, para liberarnos de todas las esclavitudes que nos oprimen y afligen.

Si Dios ha hecho tanto por ti, ¿qué serás capaz tú de regalarle al Niño Dios?

«Por mi patria hablará la razón de la justicia»
 



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Si no crees en Dios

 

Por: Querien Vangal

Abril / 2009

 

Tanta polémica se ha desatado en la actualidad sobre la existencia o no de Dios, que me hizo recordar lo que dijo François Marie Atouet (Voltaire): "Si no hubiera Dios habría que inventarlo". 

En realidad, y aunque el tema es de importancia, considero fútil dicha polémica.  Creer en Dios es fe, es creer firmemente en lo que no se ve.  Diría yo: "pero sí se palpa".  Se palpa en todo el entorno que nos rodea, en el universo infinito, en el cuerpo humano.  Se palpa al sentir que alguien está constantemente con nosotros consolándonos y dándonos fortaleza para superar los momentos difíciles.  Ese sentir que alguien platica cono nosotros y nos aconseja a tomar decisiones difíciles, que nos ilumina y nos guía por los caminos escabrosos de la vida.  En fin, que nos inyecta ese ánimo que nos hace superar los múltiples obstáculos.

El que no cree en Dios, pues que no crea, está en su pleno derecho.  Pero, como apunté antes, es un tanto cuanto fútil discutir si existe o no Dios.  Dios existe para los que creemos en Él, pero esa creencia, esa fe le llevamos en nuestra esencia misma, es parte de nosotros, está fija en nuestra mente.  El que no cree o no quiere creer en Dios, pues es cosa de el, no necesita demostrarlo, qué caso tiene, además cómo lo demuestra, los argumentos que exponga son válidos únicamente para el que piense igual. 

Yo creo firmemente en Dios, lo siento en mí, lo llevo arraigado, es mi fe, y no necesito demostrarle nada a nadie.

Comentando el tema con un grupo de amigos, salió a colación lo de los anuncios que se han colocado, principalmente en los autobuses urbanos y foráneos, donde se puede leer que "Si Dios no existe, disfruta de la vida".

Uno de los presentes, que sabíamos de antemano que no es creyente, así lo expresó, pero estuvo totalmente de acuerdo con lo que otro, que es un muy versado en temas filosóficos, le dijo:

-- "Si no crees, qué le vamos a hacer. No se trata de hacer creer a los que no creen. Ni que dejen de creer los que creen. Hay discusiones que no tienen sentido. Las ideas y los pensamientos se pueden cambiar con facilidad, pero las creencias, cuando son firmes, son rocas inamovibles que, ni siquiera los grandes terremotos pueden menear.  Las creencias están en unas zonas del intelecto difícil de alcanzar y de explorar. Las creencias nacen en manantiales ocultos, se desarrollan con elementos incomprensibles y se establecen, como reinados inamovibles, en los más distantes escondrijos de la conciencia. Dios se aloja en lo más profundo y escondido de la mente, en las oscuras e inexplicables tinieblas de las creencias. Durante mucho tiempo, a veces toda la vida, permanece ignorado, acurrucado, pero presente. Pero un día, un afortunado día, un temblor interior, hasta entonces desconocido, sacude las superficiales capas de la conciencia, y los ojos internos ven a través de la espesa bruma una luz que por primera vez y para siempre ilumina los complicados vericuetos de la vida. Es el Dios que no se palpa con las manos, que se siente, que te dirige y te orienta. Que te modifica, que te hace ver la vida de otro modo. Nadie es el mismo con o sin Dios.  Dios resuelve los grandes pensamientos sin respuestas. Pensamientos sobre el origen, el objeto y el fin de la vida. Le da sentido al sin sentido de la vida. Sobre todo, le da sentido al sufrimiento y a la muerte, el gran sinsentido de todos los sinsentidos. Ese Dios que todo tenemos, creyentes y no creyentes, pero sólo lo sienten los que han alcanzado la fortuna de ver lo que no se ve, oír lo que no se oye y tocar lo que no se toca. Ese Dios que, compartiendo guarida con las pasiones y los instintos más escondidos, sale a borbotones desde el inconsciente más profundo. Y sólo algunos, en determinados momentos, en situaciones privilegiadas de la vida, en instantes reservados más para los sencillos, los débiles y los afligidos, sienten los ardores de su lava subir hasta la misma conciencia. Si no crees en Dios, qué le vamos a hacer, tú te lo pierdes. No nos vamos a pelearnos por ello. Pero no digan que si Dios no existe puedes disfrutar de la vida. Supongo que entienden que disfrutar de la vida es ser feliz. ¿Y qué es la felicidad? ¿Consumir y libertad para todo? La felicidad total no existe en este mundo, sólo hay momentos de felicidad. La felicidad no está en tener muchas cosas. La libertad choca con las libertades. La felicidad está en las cosas más sencillas, las que menos valen. Y la auténtica libertad no está en la voluntad dirigida hacia fuera, hacia o contra los demás, sino en la voluntad gobernada hacia dentro. La verdadera libertad es hacer lo que se debe y no lo que se quiere. Dios no impide disfrutar de la vida. Si fuera así, entonces, con seguridad, no existiría.  Dios le da sentido a la vida, quiere que la vida sea ocasión de disfrute. Da sentido a cada una de las facetas de la vida. Busca la salud del cuerpo y la sanación del alma. El respeto a la vida, el derecho a vivir. Prohíbe robar y matar. Quiere el amor entre todos los humanos. Un amor de sentimientos, no un amor de sentidos. No quiere un simple cumplimiento biológico. Quiere un encuentro de sentimientos. Quiere algo que dure y no que se escape en las heladas aguas de la indiferencia. Quizá, el error, el gran error está en lo que se entiende por felicidad. La felicidad está en lo más simple y natural. Aun en los momentos de mayor dificultad, el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, el atardecer enrojecido o la pálida madrugada, pueden hacer disfrutar a un corazón sencillo.  Hay momentos en la vida, entre otros, aquellos en los que se sufre una grave enfermedad, en los que no se desea la felicidad porque ya es una ambición desmedida y porque ya es una meta secundaria. Entonces, se busca desesperadamente algo, algo cercano a que aferrarse, algo que alivie, que devuelva, como el mejor de los favores y único objetivo, algo tan sencillo y tan complicado como la salud, y si esto no es posible, simplemente un asidero de esperanza. La esperanza de que la vida no queda interrumpida, un no querer morir del todo. En esos momentos, en esos difíciles momentos se escarba en las interioridades en busca de ese Algo. Y, si se encuentra, hasta es posible que disfrute, no sólo con la vida en dificultad, sino que es posible que también disfrute de la muerte misma. Parece imposible, pero es cierto.  Total, si no crees en Dios, tú te lo pierdes. Dios no está para fastidiar la vida. Dios quiere que en el variado paisaje de la vida disfrutes de sus maravillosas cimas y además te regala un magnífico bastón para que puedas atravesar sus difíciles barrancos, que de todo hay en la vida.."

Finalmente, podemos considerar y gritar al unísono: ¡EL QUE NO CREA EN DIOS, ESTÁ EN SU PLENO DERECHO, TOTAL ÉL SE LO PIERDE!

«Por mi patria hablará la razón de la justicia»
 



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